Adriana
Adriana
Adriana no quiere ser pintora ni quiere ser Van Gogh, aunque tiene la cara pintada, pintada de blanco marmóreo, ella es poetisa en busca de un lector.
Adriana está más cerca de las estrellas y no sonríe, piensa, rima ripios sin sentido, con pletórica elegancia en su estampa, y por debajo de sus pies, en un atril, descansan las palabras para quien quiera comprarlas, cinco euros es el precio a su arte de nómada trashumante, de cíngara errante y bohemia, de escritora, de poeta.
Adriana es un mimo de la calle, que representa una estatua de un poeta que pretende ser brillante en su arte, y a su vez vende libros que ella escribe, de poesía, que pretenden tener encerrados una obra de gran relumbre y maestría.
Adriana se mece al ritmo de una música imaginaria, se columpia y bambolea acunada por la métrica inconclusa de sus poemas encerrados en papel blancuzco, a la espera de ser liberados, de cobrar vida por un módico óbolo, pues ella no quiere ser Vincent Van Gogh, no quiere ser un pintor que en vida no vendió ni un solo pedazo de su creación, por ello, Adriana, ahora, se sube a una grada, se viste de blanco, se pinta de blanco, se hace efigie de alabastro, se hace mino, se hace poeta de antaño, ya que la poesía parece haber muerto hace muchos muchísimos días, se pinta el vestido de sulfato cálcico, de yeso y embriagada por la musa inspiración, melancólicamente suspira al gran público que la contempla, que mira de vez en cuando, el matiz discordante de una pluma de ave, que en su mano derecha, se dobla cansina en un penacho de hilos negros a la brisa del tiempo.
Adriana está tan alta, tan alta y tan blanca, tan blanca como la luna, es poetisa de quizá lindas palabras, que quieren ser halladas, encontradas, gozadas y encontrar en vida esa fama, gloria y fortuna que el pintor que ella no quiere ser encontró años y años después de fallecer, y es mimo que escribe en el aire con su pluma de ave cienes de frases que nadie ve, que nadie lee, que solo ella sabe.
La poetisa se mueve, no mira, tan sólo piensa en hacer rimas, piensa en ser Alfonsina Storni y en ser Benedetti y a veces también, en ser Roquefeler, pues ella escribe que no quiere ser Van Gogh, que en vida quiere ser criticada, leída, reconocida u odiada, pero sentida, no ignorada y por ello se pinta de tiza, de cal, se sube a un banco de piedra de la calle Mayor, - también empedrada- , y sobre éste una escalinata de madera para estar aún más alta y se vende al mundo, a cambio de unas monedas que no son de plata, Adriana, la poetisa, expresa, divaga, muestra, enseña que ella es poeta.
Mercadea su obra, su libreto de versos por tan solo cinco euros y se hace poetisa allí mismo, ante los transeúntes que expectantes la contemplan, la miran, y quedan extasiados por que la obra es ella, no sus versos, es el poeta, es la talla, la imagen labrada del natural, tan natural, que parece persona humana, no estatua, no mimo.
Si no se moviera , la pluma negra deshilachada, en su mano, los gorriones harían su nido en su pelo, en sus hombros los vencejos y en su pecho el afecto del lector que no lee, que no mira sus versos, que contempla sus ojos distantes, idos, soñando con otros mares, con otros poetas muertos, con pintores de vida errante y violento carácter que pintaban campos de trigo bajo un cielo azul plomo con vuelos de cuervos y es entonces, después de recordar los lienzos del pintor que no desea ser, cuando regresa a su pedestal, deja de soñar, y observa unas cuantas grajillas al posarse en los aleros del tejado que le hacen mirar de nuevo al cielo, emplomado, y comprende que no puede ser Vincent, que puede formar parte de sus dibujos, de sus campos de trigo, pero no ser Van Gogh, no quiere pegarse un tiro en el corazón, no quiere pintar ochocientos cuadros, tan sólo, tan sólo, quizá representarlos.
Ella es poeta, ella es actriz de la calle, vendedora ambulante, creadora de sentimientos, imitadora teatral de actos escénicos al aire libre de la tarde, al paseante, al niño, que sorprendido y boquiabierto mira al cielo para poder alcanzar sus ojos distantes.
Adriana, sobre su basamento artificial, que su largo vestido encubre, está lejana, inaccesible, no hay besos, no hay miradas, no hay caricias, es teatro, un teatro distante, helado, como su mirada, pero ella sabe que la miran, como el soldadito de plomo a su bailarina enamorada, en lo alto del castillo, con ilusiones vanas. Así es Adriana. Una mujer, Italiana, que un día, decidió ser estatua, efigie de poetisa, escritora de versos, escritora de cuentos, actriz, nido de golondrinas sobre las calles, funambulista sobre cable de acero tensado entre los tejados por donde gritan los cuervos.
Ella dice que no quiere ser como Vincent Van Gogh y al ser mimo, ser un poeta sin arte ni oficio, un indolente y apático retrato de si misma, ella, Adriana, baila con su vida, al son de la música de una guitarra imaginaria.
Adriana, ni joven, ni anciana, de expresión soterrada bajo un maquillaje de tiza, estatua de sal al sol del invierno, arropada con ropajes, con vendajes, cual escayola sobre huesos, ella, por fin, lo consiguió:
- Cinco euros y a cambio, un lector compró un librito con versos de amor.
Adriana no quiere ser pintora ni quiere ser Van Gogh, aunque tiene la cara pintada, pintada de blanco marmóreo, ella es poetisa en busca de un lector.
Adriana está más cerca de las estrellas y no sonríe, piensa, rima ripios sin sentido, con pletórica elegancia en su estampa, y por debajo de sus pies, en un atril, descansan las palabras para quien quiera comprarlas, cinco euros es el precio a su arte de nómada trashumante, de cíngara errante y bohemia, de escritora, de poeta.
Adriana es un mimo de la calle, que representa una estatua de un poeta que pretende ser brillante en su arte, y a su vez vende libros que ella escribe, de poesía, que pretenden tener encerrados una obra de gran relumbre y maestría.
Adriana se mece al ritmo de una música imaginaria, se columpia y bambolea acunada por la métrica inconclusa de sus poemas encerrados en papel blancuzco, a la espera de ser liberados, de cobrar vida por un módico óbolo, pues ella no quiere ser Vincent Van Gogh, no quiere ser un pintor que en vida no vendió ni un solo pedazo de su creación, por ello, Adriana, ahora, se sube a una grada, se viste de blanco, se pinta de blanco, se hace efigie de alabastro, se hace mino, se hace poeta de antaño, ya que la poesía parece haber muerto hace muchos muchísimos días, se pinta el vestido de sulfato cálcico, de yeso y embriagada por la musa inspiración, melancólicamente suspira al gran público que la contempla, que mira de vez en cuando, el matiz discordante de una pluma de ave, que en su mano derecha, se dobla cansina en un penacho de hilos negros a la brisa del tiempo.
Adriana está tan alta, tan alta y tan blanca, tan blanca como la luna, es poetisa de quizá lindas palabras, que quieren ser halladas, encontradas, gozadas y encontrar en vida esa fama, gloria y fortuna que el pintor que ella no quiere ser encontró años y años después de fallecer, y es mimo que escribe en el aire con su pluma de ave cienes de frases que nadie ve, que nadie lee, que solo ella sabe.
La poetisa se mueve, no mira, tan sólo piensa en hacer rimas, piensa en ser Alfonsina Storni y en ser Benedetti y a veces también, en ser Roquefeler, pues ella escribe que no quiere ser Van Gogh, que en vida quiere ser criticada, leída, reconocida u odiada, pero sentida, no ignorada y por ello se pinta de tiza, de cal, se sube a un banco de piedra de la calle Mayor, - también empedrada- , y sobre éste una escalinata de madera para estar aún más alta y se vende al mundo, a cambio de unas monedas que no son de plata, Adriana, la poetisa, expresa, divaga, muestra, enseña que ella es poeta.
Mercadea su obra, su libreto de versos por tan solo cinco euros y se hace poetisa allí mismo, ante los transeúntes que expectantes la contemplan, la miran, y quedan extasiados por que la obra es ella, no sus versos, es el poeta, es la talla, la imagen labrada del natural, tan natural, que parece persona humana, no estatua, no mimo.
Si no se moviera , la pluma negra deshilachada, en su mano, los gorriones harían su nido en su pelo, en sus hombros los vencejos y en su pecho el afecto del lector que no lee, que no mira sus versos, que contempla sus ojos distantes, idos, soñando con otros mares, con otros poetas muertos, con pintores de vida errante y violento carácter que pintaban campos de trigo bajo un cielo azul plomo con vuelos de cuervos y es entonces, después de recordar los lienzos del pintor que no desea ser, cuando regresa a su pedestal, deja de soñar, y observa unas cuantas grajillas al posarse en los aleros del tejado que le hacen mirar de nuevo al cielo, emplomado, y comprende que no puede ser Vincent, que puede formar parte de sus dibujos, de sus campos de trigo, pero no ser Van Gogh, no quiere pegarse un tiro en el corazón, no quiere pintar ochocientos cuadros, tan sólo, tan sólo, quizá representarlos.
Ella es poeta, ella es actriz de la calle, vendedora ambulante, creadora de sentimientos, imitadora teatral de actos escénicos al aire libre de la tarde, al paseante, al niño, que sorprendido y boquiabierto mira al cielo para poder alcanzar sus ojos distantes.
Adriana, sobre su basamento artificial, que su largo vestido encubre, está lejana, inaccesible, no hay besos, no hay miradas, no hay caricias, es teatro, un teatro distante, helado, como su mirada, pero ella sabe que la miran, como el soldadito de plomo a su bailarina enamorada, en lo alto del castillo, con ilusiones vanas. Así es Adriana. Una mujer, Italiana, que un día, decidió ser estatua, efigie de poetisa, escritora de versos, escritora de cuentos, actriz, nido de golondrinas sobre las calles, funambulista sobre cable de acero tensado entre los tejados por donde gritan los cuervos.
Ella dice que no quiere ser como Vincent Van Gogh y al ser mimo, ser un poeta sin arte ni oficio, un indolente y apático retrato de si misma, ella, Adriana, baila con su vida, al son de la música de una guitarra imaginaria.
Adriana, ni joven, ni anciana, de expresión soterrada bajo un maquillaje de tiza, estatua de sal al sol del invierno, arropada con ropajes, con vendajes, cual escayola sobre huesos, ella, por fin, lo consiguió:
- Cinco euros y a cambio, un lector compró un librito con versos de amor.
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